martes, 28 de octubre de 2014

Enorme error operativo del Che Guevara y su equipo

 
 
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Enorme error operativo del Che Guevara y su equipo

César Reynel Aguilera es un médico cubano que vive en Montreal, Canadá. A pesar de su juventud vio nacer al castrismo porque en su familia había integrantes del Partido Socialista Popular (comunistas). Hoy día, César es escritor y en sus trabajos ha logrado desentrañar la complicidad de los Castro con el comunismo antes de entrar definitivamente en La Habana el 08/01/1959. Él reúne sus comentarios en un blog, donde apareció el siguiente comentario (muy interesante) acerca del flamante libro de Juan Yofre ("Fue Cuba"), que es interesante tener en cuenta. Dato imprescindible antes de la lectura: radio Manila era el canal de comunicación radial entre la guerrilla de el Che y La Habana...que misteriosamente se cortó dejando al jefe guerrillero en la soledad.

En el comienzo, los hermanos Castro Ruz y Ernesto Guevara, siempre de mala relación con Raúl pero "contenido" por Fidel.

por CÉSAR REYNEL AGUILERA
 
MONTREAL, Canadá (Aguilera). Acaba de salir publicado un libro que, creo, será imprescindible para el estudio de la revolución cubana. Me refiero a “Fue Cuba”, del escritor y periodista argentino Juan Bautista Yofre. Un libro que desmonta, fecha a fecha y dato a dato, una buena parte de los cuentos de hadas que el castrismo y la academia liberal estadounidense han propagado con fruición durante décadas.
 
Apoyado en los archivos de la antigua Inteligencia checoslovaca, Juan Bautista Yofre reconstruye la participación cubana en cuanta guerrilla —supuestamente autóctona— floreció en Latinoamérica después de enero de 1959. El énfasis del libro —en razón de la nacionalidad del autor y sus profundos saberes de la Historia argentina— se centra en la figura de Ernesto Che Guevara y en la famosa “Operación Manuel”.
 
Creo que es un libro del que se hablará mucho. Su fuerza radica en las fuentes de información que utiliza. Ya no se trata de las anécdotas, de la extrapolación, o de las deducciones. Los datos que este libro ofrece son incontrovertibles porque están basados en los registros fríos, descarnados y profesionales, que dejaron cientos de hombres y mujeres, muchos de ellos simples burócratas, sin pensar que hacían Historia.
 
Varias cosas que leí en este libro me han dejado pensando después que terminé de leerlo. Una de ellas es la falta de profesionalidad —rayana en la chapucería— del personal cubano encargado de la famosa “Operación Manuel”. Las pifias y novatadas de esa tropita —comandada por Ramiro Valdés y Manuel Piñeiro— fueron tantas y tan variadas que uno termina preguntándose si esa Operación nunca pasó de ser algo más cercano a un ejercicio de entrenamiento que a cualquier otra cosa.
 
Algo que habla en ese sentido es la ausencia, en la documentación reportada por el libro, de personal cubano que ya en el momento de la Operación Manuel tenía años, algunos de ellos décadas, de trabajo clandestino y entrenamiento de inteligencia en la URSS. Llama la atención la ausencia de nombres como los de Isidoro Malmierca, Fabián Escalante, Emilio Aragonés o —si hubieran querido un asesor de altos quilates— Ramón Nicolau. Es como si los soviéticos le hubieran ordenado a los checos ocuparse de los improvisados mientras dejaban para ellos, para la KGB, el trabajo con los verdaderos profesionales. De ser así, entonces, el nombre más adecuado para esa Operación bien podría haber sido “Manuela”.
 
Otra cosa que demuestra este libro es la psicopática capacidad que tiene Fidel Castro para mentirle a los cubanos y a la opinión pública internacional. Los años de la Operación Manuel coinciden con la supuesta época de alejamientos y desencuentros —a partir del bochornoso desenlace de la Crisis de los Misiles— entre el castrismo y la URSS.
 
Durante esa época era raro el discurso de Castro I que no llevara una crítica, velada o abierta, a la Unión Soviética. Esos fueron los años de la “tronadera” de viejos comunistas y de la reafirmación, con gritos y deditos estirados, del camino “independiente” de la revolución cubana y del compromiso inquebrantable del “pueblo cubano” para con los revolucionarios Latinoamericanos.
 
Hoy los archivos demuestran que mientras Castro I formaba sus aspavientos, los soviéticos autorizaban a los checos para que todas esas tonterías de la revolución mundial, el foquismo, las guerrillitas de tres por kilo y el socialismo de abracadabra, se orquestaran desde Praga y bajo un asesoramiento y un apoyo logístico que solo parecen haber garantizado, a fin de cuentas, el más rotundo de los fracaso.
 
Eso me lleva a pensar en la que quizás sea la mayor roncha que este libro levantará dentro de la trasnochada izquierda Latinoamericana. Me refiero a la posición tonta, rayana en el patetismo, en la que deja a Ernesto Che Guevara. Un hombre que se llenó la boca criticando a la Unión Soviética para después dejar que todos los detalles de sus grandiosos planes pasaran bajo la supervisión, y “ayuda”, de los servicios de Inteligencia de un país —Checoslovaquia— que no eran más que una sucursal de la KGB.
 
No en balde, parece decirnos Juan Bautista Yofre, Manila nunca contestó.
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