domingo, 27 de julio de 2014

Acerca del suicidio de palestinos y judíos

 
 
Urgente24.com  |27/07/2014 Compartir Urgente24 twitter facebook rss urgente24.com google plus
 
 
 
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Acerca del suicidio de palestinos y judíos

Pocas horas después de que las fuerzas israelíes reanudaran sus intensos ataques en la golpeada Franja, Hamas aceptó una nueva tregua humanitaria de 24 horas en Gaza a partir de las 14:00 hora local, según anunció su portavoz Sami Abu Zuhri a través de un comunicado. Por el momento, no se sabe más sobre esta iniciativa que había reclamado la ONU.

"(...) Pero nadie se puede bañar dos veces en el mismo río de sangre y nada en el cosmos descríbe círculos: todo avanza en espiral. Una espiral de violencia que con cada nueva vuelta tendrá que ir a más para producir el mismo efecto de rabia, furia y odio en el resto del mundo y el mismo nivel de nacionalismo fanático entre sus ciudadanos, rodeados – eso creen – de hordas antisemitas. Entre ese nacionalismo fanático armado, dispuesto a quemar vivos a "los árabes", y el fanatismo religioso de los haredíes, dispuesto a borrar a las mujeres hasta de las fotografías, se halla el futuro de Israel. (...)"

"(...) En el muro ponía con tiza
Quieren la guerra.
El que lo escribió
ya cayó en combate. (...)".
Bertolt Brecht, 1939
 
 
CIUDAD DE BUENOS AIRES (Urgente24). La 20ma. jornada bélica se inició este domingo 27/07 con un balance de 1.051 muertos en Gaza, la mayoría civiles, por 46 en Israel. Asimismo, más de 160.000 palestinos desplazados han encontrado refugio en las decenas de centros UNRWA. 
 
Se desmoronó así la tregua humanitaria pedida por la ONU mientras la propuesta de alto el fuego presentada por el secretario de Estado de USA, John Kerry, enfrenta graves problemas y críticas.
 
Fuentes israelíes y egipcias acusan a Kerry de adoptar la postura de Catar y Turquía a favor de Hamas ignorando así la propuesta de tregua de Egipto y posteriormente del presidente palestino, Abu Mazen.
 
En ese contexto, el gabinete israelí suspendió la tregua humanitaria que había decidido prolongar hasta la medianoche de este domingo 27/07 tras el lanzamiento de proyectiles de los grupos armados palestinos contra ciudades del centro y sur de israel. 
 
Pasadas las 10:00, el ejército reanudó los ataques en varios puntos de la Franja de Gaza en respuesta a los 25 proyectiles disparados por el grupo islamista Hamas, en la noche del sábado 26/07. Uno de ellos provocó la muerte de un soldado en el sur de Israel mientras que en el bando palestino murieron 7 personas nada más reanudarse los ataques de Israel.
 
Medios locales informaron del "fuego masivo" lanzado por la artillería israelí y la Fuerza Aérea nada más reanudarse los ataques, mientras que la televisión mostraba densas columnas de humo elevándose sobre varias zonas de Gaza, sin que por el momento se conozcan sus consecuencias, informa Efe.
 
Según el Canal 10, Israel ha atacado en las localidades de Jan Yunes, los campos de refugiados Al Bureij y Shati, y en varios barrios de Gaza capital, incluido el ya devastado Shahaiya.
 
"Nosotros declaramos una tregua humanitaria para que sea vigente durante todo el domingo y Hamas aprovecha para reírse de nosotros y lanzar cohetes contra nuestras ciudades en el centro y sur de Israel. Es una farsa que debe cesar", había declarado muy temprano el ministro de Interior, Gideon Saar, en una clara crítica al jefe de Gobierno, Benjamin Netanyahu por su decisión de continuar la tregua humanitaria más allá de las 12 horas pactadas el sábado.
 
Mientras el gabinete israelí decidió, durante la madrugada, que accedía a la petición de la ONU de 24 horas más de tregua humanitaria, las facciones palestinas argumentaron su rechazo. "No aceptaremos una tregua humanitaria sin la retirada de los soldados de Gaza y sin la posibilidad de que los habitantes puedan volver a sus casas", señaló el portavoz islamista, Sami Abu Zuhri.
 
Hamas -que controla la Franja desde junio del 2007- se opone rotundamente a que los soldados israelíes sigan buscando y destruyendo los túneles que penetran en Israel durante la tregua humanitaria. El Ejército ha pedido unos días más -con o sin tregua- para destruir los 31 túneles hallados desde el inicio de la operación terrestre hace 10 días. Hasta el momento han sido demolidos 16 túneles.
 
"Tras el incesante disparo de proyectiles por parte de Hamas durante la ventana humanitaria, que fue acordada por el bien de la población civil en Gaza, el ejército reanudará sus actividades por aire, mar y tierra", anunció el portavoz militar adelantando así los bombardeos en la Franja. "Hamas castiga una vez más a su población", acusan fuentes israelíes mientras el grupo islamista insiste: "No aceptaremos una tregua decidida solo por el ocupante".
 
Las Brigadas "Azadím al Kasem", brazo armado del movimiento islamista Hamás, asumieron la responsabilidad del disparo de 7 cohetes contra la ciudad de Tel Aviv y contra la zona de Najal Oz, uno de los cuales al menos fue interceptado por la batería antiaérea "Iron Dome" y ninguno de ellos causó víctimas o daños.
 
Hamas e Israel, sin mediador
 
Casi 3 semanas después del inicio de la ofensiva Margen Protector, Hamas e Israel siguen sin tener un mediador capaz de reducir diferencias. 
 
El fuerte enfrentamiento entre Egipto y el trío Hamas-Catar-Turquía perpetúa el sangriento enfrentamiento que se alarga más allá de lo que las partes pensaban al principio.
 
Es visible la enorme destrucción en varios barrios de Gaza. Sobre todo en el suburbio de Shujaiya, donde tuvieron lugar los combates más intensos entre milicianos palestinos y soldados israelíes. 
 
La palabra Dahia sale relucir en ambos lados de la frontera en alusión al feudo del grupo chií Hizbulá en Beirut castigado duramente por la Fuerza Aérea israelí en la guerra del 2006.
 
Es la "doctrina Dahia" que este domingo 27/07 ha aludido indirectamente el jefe del Ejército, Benny Gantz. 
 
Hace 1 año, un oficial israelí explicó a un corresponsal extranjero: "Si Hamas nos ataca como Hezbollah, intentaremos que acabe diciendo lo mismo que dijo su lider Hassan Nasrallah: que si hubiera sabido las consecuencias, no habría ordenado el ataque contra Israel el 12 de julio de 2006 que inició la guerra". 
 
Según él, la disuasión a Hezbollah y "el arrepentimiento de Nasrallah" fue consecuencia del severo castigo de Dahia, el feudo chií en El Líbano. 
 
La Dahia de Gaza es Shujaiya. Jihad Islámica ha afirmado que uno de los muertos es un jefe de su brazo armado en Jan Yunes.
 
¿Será cierto este punto de vista? Hay muchos que afirman que no es verdad. Y que los eventos de 2006 sólo consolidaron y legitimaron a Hezbollah en El Líbano y ante la comunidad internacional, algo que no había conseguido hasta entonces.
 
Pero en los conflictos siempre hay gente que quiere justificar sus posiciones a cualquier precio.
 
La guerra, siempre la guerra
 
 
"En el muro ponía con tiza / Quieren la guerra / El que lo escribió / ya cayó en combate."
 
Este poema lo escribió Bertolt Brecht en 1939. Los tiempos han cambiado: hoy ya no se muere uno por denunciar que quieren la guerra. Puede repetirse mil veces, con tiza o en digital, y nadie escucha. Pero como sale gratis, lo diré una vez más.
 
Quieren la guerra. El bombardeo de Gaza por parte de Israel no es un intento de acabar con Hamás. Tampoco es un error estratégico. Tampoco una reacción emocional desmedida. Ni siquiera una búsqueda de votos de la ultraderecha. Es un intento desesperado de supervivencia de Israel. Es un esfuerzo supremo de sembrar odio y garantizarse un ambiente lo suficientemente hostil como para que mañana sigan saltando chispas, muertos, cohetes, bombas. Para que nunca haya paz.
 
Israel no tiene otra opción: la paz se ha convertido en un peligro mortal para este Estado. No tendría que haber sido así. Pero durante décadas, sus dirigentes han llevado el país hacia un callejón sin salida, un estado de excepción al que sólo la guerra continua puede dar apariencia de normalidad.
 
De niño encontré en un libro escolar alemán sobre Geografía de los años '70, un esbozo de las dos posibles soluciones del conflicto: Convertir el territorio de la histórica Palestina en un Estado “binacional” en el que todos los ciudadanos gozaran de los mismos derechos, o bien establecer dos Estados, uno para los judíos y otro para los palestinos, tal y como planteó la ONU en 1948, aunque llevándose el bando judio un territorio sustancialmente mayor que el originalmente adjudicado.
 
Curiosamente, el autor citado, israelí a juzgar por su apellido, se permitía el lujo de añadir que no creía en ninguna de las dos soluciones. Desde entonces he cavilado cuál era el futuro que sugería el ensayista. Obviamente era el de mantener el conflicto sin resolver.
 
La primera solución, por la abogan numerosos palestinos, pero también grandes intelectuales israelíes como Ilan Pappé, significaría el fin de Israel tal y como fue planteado por el sionismo hace un siglo: un hogar exclusivo (o casi) para judíos, o para lo que las autoridades de ese Estado entiendan como “judíos”. Sería simplemente un país más. Un país normal.
 
El sionismo fue un afán comprensible a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando estaban en boga las ideologías nacionalistas, decididas a construir Estados con una única “etnia”, alemana, húngara, turca, armenia, kurda... Que el mito bíblico de una descendencia genética común del “pueblo” judío, míto comparable a la virginidad de María o la existencia eterna del Corán, se encuadrara en este nacionalismo como si fuera una realidad histórica, es una de las mayores paradojas de la Historia; sería el mayor ridículo que haya hecho la humanidad, si sus resultados no fueran tan sangrientos, si no se lo hubiesen tomado en serio Hitler y sus secuaces.
 
Pero tras un siglo de doctrina sionista, esta convicción de necesitar un “Estado judío” es tan arraigada que es imposible dar marcha atrás, argumenta Uri Avnery, gran camarada de Pappé en el Qué y gran adversario suyo en el Cómo. Queda la otra solución, la biestatal, fácil, rápida, al alcance de mano, aprobada por la comunidad internacional, por Estados Unidos, por la UE, por la Liga Árabe, por la Autoridad Palestina y, con ciertas reservas perfectamente superables, hasta por Hamas. De boquilla, incluso por Israel.
 
¿Por qué no se lleva a cabo, pues? ¿Por qué, en lugar de irse evacuando a los 250.000 colonos extremistas de los Territorios Ocupados de Cisjordania, primer paso para devolver una coherencia territorial a una futura palestina, el Gobierno de Israel financia y protege, con enormes fondos y mayores despliegues militares, estos asentamientos cuya existencia es un crimen de guerra según la Convención de Ginebra? ¿Por qué Israel se niega en las negociaciones a definir cuáles serán sus fronteras?
 
Porque el establecimiento del Estado palestino acabaría con la guerra. Y es lo único que Israel no se puede permitir: renunciar a la guerra.
 
Porque Israel no es un país normal. Ha elegido no serlo. Ha elegido ser un país exclusivo para un colectivo que por imperativo religioso se cree una “etnia” en lugar de saberse un colectivo religioso.  Y que de tanto confundir etnia con religión, biología con biblia, cromosoma con dios, ha acabado bifurcado en una teocracia agnóstica.
 
“¿Ves a éstos? Los de negro. No, a éstos nunca los monto en autostop. Los odio. Muchísimo más que a... más que a los árabes no puedo decir, porque a los árabes no los odio”. El viejo kibbutznik Uri hizo un movimiento de mano hacia unos jóvenes en el arcén de la carretera, vestidos de negro, con sombreros negros sobre los rizos de las sienes. Ultraortodoxos. Haredim, se llaman en Israel.
 
Una secta nacida en la Europa oriental del siglo XIX, los haredíes eran los mayores adversarios del sionismo agnóstico, pero una vez establecido Israel fueron aprovechándose del atractivo económico de un Estado dedicado a subvencionar a todo judío que quisiera asentarse en su territorio. Tienen tanto en común con un israelí de Tel Aviv como un talibán afgano con un alemán, salvo que no abogan por la lucha armada. Por la lucha, sí: en sus barrios, nadie debe romper las normas que consideran judías. Con una media de seis o siete hijos por familia, sus barrios se extienden cada día, sobre una alfombra roja extendida por los políticos que cortejan su fuerza de votos.
 
No habrá que esperar hasta dentro de medio siglo, cuando según la curva demográfica serán mayoría. Mucho antes, numeroso israelíes laicos, hartos de que se les escupa a sus hijas si no van con manga larga en verano, se irán, primero de Jerusalén, luego del país. Tel Aviv quedará como un gueto de laicos, un reducto de quienes se consideran los herederos del sionismo verdadero, la ideología agnóstica, marxista, que quiso crear un “nuevo judío” sin rezos ni sombreros. “En el kibbutz nos duchábamos juntos chicos y chicas. Estos están poniendo playas separadas para hombres y mujeres”, decía Uri. El que los haredíes se hagan con el país fundado por quienes querían acabar de una vez por todas con los rabinos y las sinagogas,  es otro de los tristes chistes de la Historia.
 
Uri sacó una conclusión: “Si los árabes fueran listos, se quedarían quietecitos unos años. Sin atentados suicidas. Entonces, sin esa continua presión de un enemigo común, empezaríamos a ocuparnos de nosotros mismos. Y nos daríamos cuenta de que nuestras sociedades son  irreconciliables. Estallaría la guerra civil”.
 
Este diálogo tuvo lugar en 2001. Desde entonces han cesado los ataques suicidas. Cisjordania está quieta, aguantando en silencio los crímenes diarios de los colonos – criminales de guerra según la ley internacional – y sólo Hamas le daba un poco de esperanza a Israel, un poco de la violencia cotidiana que necesita para sobrevivir. Hasta que, a primeros de junio, se acabó lo que se daba: Hamas dio su acuerdo a un gobierno de unidad palestina, sin exigir siquiera una participación efectiva. La paz parecía a la vuelta de la esquina. ¡Alerta roja!
 
A todo eso, encima Irán, que tantas veces ha servido de espantapájaros para la esquiva paloma de la paz, con media Europa prediciendo por cuarta, quinta y sexta vez el ataque inmediato e inevitable, está ahora tomándose cafés en Viena, con Bruselas certificando una “buena atmósfera” en las negociaciones nucleares. La situación parecía desesperada.
 
Nunca sabremos quién dio días después la orden de secuestrar y asesinar a tres adolescentes israelíes en una carretera de Cisjordania, rodeada por unidades militares israelíes. Sí sabemos que el Gobierno israelí utilizó ese secuestro, ocultando que ya se había verificado la muerte de los jóvenes, para construir una campaña de odio contra “los árabes” que habría hecho sonrojarse a un fascista veterano y para lanzar una campaña de detenciones, robos, saqueos y asesinatos por toda Cisjordania. Sin éxito. Sólo tras un bombardeo aéreo que mató a siete miembros de Hamas, por fin la milicia de Gaza empezó a lanzar cohetes. ¡Eureka!
 
Por fin, Israel pudo volver a afianzarse. Mesarse los cabellos por estar obligada a “vivir bajo la amenaza yihadista”, invocar el “derecho a autodefensa”, ponerle sirenas de alarma como música de fondo al adoctrinamiento de los niños en los colegios y a las colectas de dinero en Estados Unidos – done un búnker – , en fin, volver a respirar con alivio.
 
Porque así funciona el círculo vicioso que mantiene con vida al Estado, a sus elites políticas, a sus industrias armamentísticas, a sus lobbies internacionales, a sus ciudadanos con tanta afición a la ceguera: Israel mata a unos cientos de palestinos, suscita algunas condenas internacionales, unas cuantas manifestaciones y con suerte, editoriales en la prensa, y puede afirmar con orgullo que “todo el mundo está en contra de Israel”. Y si todo el mundo está en contra de Israel, evidentemente la culpa es del mundo que no soporta la existencia de Israel y estará en contra de Israel para los siglos de los siglos, amén. De manera que toda cosa llamada Naciones Unidas y toda convención de Ginebra no son más que ardides para acabar con Israel, así que no cumplir con nada de lo que digan es la única vía recta para el pueblo elegido.
 
Lo del pueblo elegido sólo lo dicen los rabinos, desde luego. Los ministros se contentan con invocar  la divinidad del “antisemitismo”, en cuyo altar se sacrificarán cientos de niños palestinos. Porque sólo el Antisemitismo, con mayúscula, es lo que justifica la existencia de un país declarado “hogar judío”.
 
Si este círculo vicioso se rompiera, se podría descubrir que en el último medio siglo, el mundo ha aprendido a prescindir de mitos bíblicos y que el concepto de un Estado “étnico” no es acorde a la Carta de Derechos Humanos. Que los fundamentos del sionismo – la ficción bíblica de que un tal Dios prometió a “los judíos” una tierra situada entre Jordán y Mediterráneo, y su derivado seudocientífico de un “pueblo judío” dispersado desde esta tierra por el resto de países – no son más que una estafa. Que Israel es un anacronismo.
 
Claro que la existencia de Israel se justifica, desde el punto de vista del derecho internacional, simplemente con su existencia: sería contrario a los derechos humanos de sus ciudadanos si alguien quisiera forzarles a disolver su Estado. Pero Israel no puede permitirse el lujo de reconocer el concepto de derechos humanos mientras insista en otorgar más derechos a un neoyorquino con abuela judía que a un nativo que no tenga abuela judía.
 
Tal y como está planteada ahora, Israel es un Estado imposible, porque sus ciudadanos no son quienes lo habitan sino quienes son afiliados de una religión determinada, aunque no se la crean siquiera. Es decir, sus ciudadanos son personas de todo el planeta siempre que así lo definan los rabinos de Israel: una especie de teocracia cósmica.
 
Esta paradoja quedará en evidencia y quedará en ridículo al firmarse la paz. Israel tendría que reinventarse como país democrático, es decir, renunciando al sionismo como ideología oficial. Algo que es más difícil con cada día que pasa, cada día en el que se adoctrina a los niños en el colegio, se les enseña a adorar las armas y saberse el pueblo elegido. De manera que el círculo vicioso ha de seguir.
 
Pero nadie se puede bañar dos veces en el mismo río de sangre y nada en el cosmos descríbe círculos: todo avanza en espiral. Una espiral de violencia que con cada nueva vuelta tendrá que ir a más para producir el mismo efecto de rabia, furia y odio en el resto del mundo y el mismo nivel de nacionalismo fanático entre sus ciudadanos, rodeados – eso creen – de hordas antisemitas. Entre ese nacionalismo fanático armado, dispuesto a quemar vivos a “los árabes”, y el fanatismo religioso de los haredíes, dispuesto a borrar a las mujeres hasta de las fotografías, se halla el futuro de Israel.
 
Donde acabará la espiral no es fácil de predecir. Pero no será un espectáculo bonito. En todo caso, su fin no será la desaparición del pueblo palestino. Será el suicidio de Israel.
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